Raison d'État (Escena)

De Fronteriza
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-Majestad, lamento importunaros.

-No te preocupes, Vomarios, es mi trabajo.

Al ver que el que había entrado en la sala era su chambelán, el príncipe Pharandros relajó su pose rígida en el trono mientras acariciaba distraidamente la piel de armiño sobre su cuello. Vomarios parecía nervioso.

-Hemos recibido algunas informaciones... inquietantes de nuestro servicio de inteligencia. El poderoso culto de Ernalda anda algo revuelto; al parecer, se está cumpliendo una antigua profecía mantenida en secreto durante cien años. El regreso de Varstapoor y Vestenbora, los Gemelos de la Tierra; los versos de la profecía mencionan su intervención mágica para hacer temblar la tierra en una batalla terrible.

-¿Y qué quiere decir eso de que se está cumpliendo?

-Bueno, la profetisa Kevantiri había vaticinado el momento exacto en el que dos mujeres embarazadas entrarían en el complejo de Ernalda en Punta Dorada; los supuestos gemelos están creciendo en dos mujeres distintas, aunque parece existir algún vínculo entre ellas.

-¿Y de dónde han salido esas mujeres?

-Nadie lo sabe. Aparentemente, son unas simples desharrapadas, pero no hemos logrado averiguar nada de su origen. No son de Punta Dorada, eso seguro... ¿quién sabe si son de estirpe real? En cuanto al padre... bueno, parece que fue un Embaucador, pero en un matrimonio sagrado oficiado en el Templo de la Tierra, lo que convierte a los niños en hijos sagrados de Ernalda... o más bien de Maran Gor, dado que los gemelos originales descendían de su encarnacion.

-¿Se sabe si están haciendo algo al respecto desde el Templo de Maranaba?

-No lo sabemos con seguridad, pero es imposible que la Escuela de la Vieja Tierra no se haya enterado y también es imposible que hayan ignorado el asunto. Yo apostaría a que tratarán de apoderarse de los gemelos para que sean criados en Maranaba; allí aprenderían a desatar terribles poderes y serían educados en el odio a la civilización lunar. Como mínimo tendríamos una futura Suma Sacerdotisa de Maran capaz de encarnar a Sorana Tor, y un Rey Sagrado, de estirpe más pura que la vuestra, si me lo permite, Majestad, en lo que refiere a la mentalidad de los Exiliados y rebeldes: sus padres teóricos serían Arim el Pobre y Sorana Tor, sin "contaminación" de la sangre de Hon-Eel; nacidos por designio de Ernalda y enemigos del Imperio. Las Tribus de Exiliados abandonarían sus disensiones internas, eso está claro, pero lo más probable es que en el propio Tarsh se desatara una Guerra Civil. No es cualquier cosa oponerse a unos héroes nacionales reencarnados. La guerra destruiría el país y nos situaría en una mala posición para beneficiarnos de la expansion del Imperio Lunar... eso en el caso de que saliéramos victoriosos.

-Vaya, entonces tendremos que criar nosotros esos gemelos.

-Con el debido respeto, Majestad, eso es poco probable. El pueblo no admitiría que el culto de Ernalda no metiera mano en el asunto. Y al parecer, pretenden educar a los niños en Kodros. No querrían apoyar a los Exiliados, pero podrían utilizar a los mellizos a favor o en contra nuestro, o para reducir nuestra capacidad de intervención.

-Bueno, parece inevitable.

-Pero las consecuencias, Majestad, pueden ser muy desagradables. No estamos en una posición muy ventajosa. Vos no sois rey aún y la soberanía corresponde a vuestro padre. Pero vos y yo sabemos que vuestro padre está provocándonos demasiados problemas. Ya nadie cree en él. Y, al mismo tiempo, si me permitís la descortesía, vuestra madre es cada vez más indiscreta respecto a sus... amigos. A pesar de vuestros esfuerzos, la popularidad de vuestro linaje posiblemente va a decaer.

-No creo que al culto de Ernalda le convenga destronarme... Eso daría fuerzas a los Exiliados. Además, los gemelos serían muy pequeños para gobernar.

-Esa es la cuestión, Majestad. La situación podría ser aprovechada por cierto general victorioso y ambicioso que se ha burlado de sus enemigos y ha alcanzado una posición de poder muy importante, que como todos sabemos cuenta con el absoluto favor del populacho. A nadie se le escapa que pretende coronarse Rey de Sartar, lo que sólo ha detenido la maniobra del monigote ese de Temertain. Si al mismo tiempo consiguiera proclamarse príncipe regente de Tarsh, estaría a sólo un paso de convertirse en Rey del Paso del Dragón.

-¿Mi cuñado, Fazzur? Me es completamente leal.

-De eso no hay duda, Majestad, pero la historia política está llena de personas completamente leales que cambiaron. El poder cambia a las personas. No digo que haya que ajusticiarle, pero sí estar prevenidos.

-Desde luego, el pueblo lo ama, y también buena parte de las legiones. Pero los Phargentitas nunca lo apoyarían.

-Esa es la cuestión, Majestad, una nueva guerra que devastaría el país y sería aprovechada por nuestros enemigos Exiliados y nuestros rivales en Vanch. Si me permitís la blasfemia, hasta Ernalda puede equivocarse: no siempre hay otro camino.

-Déjame pensar.

El Príncipe Pharandros se quedó solo por un momento; casi mecánicamente, quemó una ofrenda de incienso a la estatuilla dorada de Yelmgatha, su dios, cuyos ojos continuaban mirándole huecos y silenciosos. Le hubiera gustado que su dios le mostrara el camino, pero, para él, Varstapoor y Vestenbora eran nombres vacíos, que no significaban nada. Hubiera querido que su anciano padre lo aconsejara, pero hace tiempo que había perdido la razón y tramaba oscuros rituales en los sótanos; quisiera apoyarse a buscar consuelo en el regazo de su madre, pero actualmente su regazo estaba demasiado solicitado por personas indebidas. Pharandros sabía que, aunque todo parecía estar perfectamente, la prosperidad del Reino corría peligro y todos los incompetentes de su círculo más íntimo no hacían más que añadir problemas. El único competente, su cuñado, Fazzur, lo era quizás demasiado, y ahora estaba lejos, en Heortlandia.

¿Traicionar los principios y tradiciones más sagrados del Reino para salvar al propio Reino? ¿Esa era la decisión? Ahora que no había nadie, que no tenía que aparentar fuerza, que parecía libre de la inmensa responsabilidad que caía sobre sus hombros, apoyó las manos en la cara y lloró amargamente. Luego llamó a Vomarios.

-Tienes razón, Vomarios, como de costumbre. Ya sabes lo que hay que hacer. Avisa a nuestro contacto en el Gremio...