Epílogo: Kunnargh (Escena)

De Glorantha

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[editar] Epílogo: Kunnargh

Kunnargh el "diestro" sollozaba frente a la improvisada tumba de Hrendrell. Sentado y cabizbajo, limpiaba sus manos con las primeras nieves de la Estación Oscura que la tormenta había traído consigo. Le había costado gran esfuerzo enterrar a su hermano mayor, su malformación congénita le impedía realizar este tipo de trabajos. Tras muchas horas de agonía había conseguido arrastrar el cadáver de su hermano hasta el lugar que conocían como su hogar, su túmulo se limitaba a un montón de pesadas rocas que a duras penas había conseguido colocar.

La sangre, ya seca, de su hermano manchaba sus manos, y la suya propia, producida por numerosos cortes y desgarros del duro trabajo al que no estaba acostumbrado. Ahora simplemente se sentaba a su lado, introduciendo las manos en la blanca nieve y frotándolas para lavar la sangre y el recuerdo.

Saco algo de sus bolsillos y lo coloco frente a él, en la nieve, mientras proseguía con su pequeño ritual de limpieza. Era el ojo blancuzco de su hermano, desprovisto de vida incluso cuando Hrendrell vivía. A aquel extranjero no le había bastado con asesinar a su hermano, sino que además le había arrancado el ojo, y después lo había desechado sin más. Aquel ojo era la marca de la perdición de su hermano. Kun no pudo evitar recordar las tribulaciones a las que Hrendrell había sido sometido...

Después de haber sido repudiado del templo de Jonstown por enseñar el sagrado secreto de la escritura a Kun, estuvieron viviendo como mendigos en una ciudad que les despreciaba. El jolsedaring que atormentaba a Hrendrell le impedía y le marcaba para encontrar un mísero trabajo, y Kun solo era un Eurmali deforme. Hrendrell se pasaba mas tiempo protegiéndole que buscando algo de comer día a día. Finalmente abandonaron Jonstown dirigiéndose a Alone donde tenían algunos familiares que podrían cobijarlos. En los bosques que rodeaban Alone, Hrendrell fue tentado por primera vez. Con el frío de Valind los oscuros espíritus que habitaban en las profundidades del bosque se volvían más osados y Hrendrell era como un faro que les atraía en la noche. Kunnargh no tenía problemas buscando alimento, la bendición de Eurmal le permitía sustentarse hasta de tierra si hacía falta, pero su hermano llevaba ya muchos días sin alimento y el hambre y la desdicha eran sensaciones de los que se alimentaban los sombríos espíritus. Le encontraron y le ofrecieron saciar su hambre, pero Hrendrell huyó aterrorizado ante los horrores que le fueron expuestos. Kun consiguió llevarlo casi exhausto hasta Alone, y allí sólo encontraron más desprecio. Hrendrell, desesperado, huyó a los bosques y en su delirio se entregó a los caprichos de los espíritus. Un pacto de sangre selló su destino y ya Hrendrell pudo saciar su hambre con creces...

Un aullido lejano le despertó de sus ensoñaciones y Kunnargh se estremeció con sus recuerdos. Levantó su vista hasta la choza donde habían vivido desde entonces, tan cerca de esos bosques malditos, formaba parte del pacto. La noche ya estaba alcanzándole, decidió incorporarse cuando observó horrorizado lo que había estado haciendo con la nieve mientras soñaba despierto. Dibujos en la nieve, trazados con la sangre que había intentado limpiar, dibujos grotescos de seres que asemejaban a hombres y de algo más...

Los aullidos sonaban más cercanos ahora y el terror agarrotó sus miembros, reconocía esos fantasmales aullidos. Pero esta vez eran heraldos de algo más funesto. Formas humanoides se acercaban desde la oscuridad de la noche y detrás de ellos otras sombras informes. Kunnargh los conocía, los había conocido el día que Hrendrell resistió la primera tentación.

El mundo se había detenido, la choza, la tumba y él mismo eran lo único a lo que podía agarrarse, una isla en un mar de oscuridad. Las grotescas formas humanas avanzaron tambaleantes y ávidas hacia el túmulo, encarmándose y arrancando las piedras del mismo.

Kunnargh se incorporo para defender los despojos de su hermano, pero una de las criaturas se abalanzó sobre el mostrándole los colmillos putrefactos. En su terror Kun no pudo más que retroceder, tropezando y cayendo al suelo, la criatura se le acerco siseando en su rostro, el fétido olor saturando sus sentidos. De repente, la criatura le dejó y volvió a la faena de profanar el túmulo.

"Él es nuestro,". Kunnargh miro a la sombra informe que se alzaba sobre él, los oía como una única voz en su cabeza, innumerables susurros acompañaban la voz. "todo él nos pertenece". La sombra pareció inclinarse sobre él y una extensión semejante a un brazo se alargó y recogió algo del suelo. El ojo ciego. "Ese fue el acuerdo".

Las criaturas seguían trabajando buscando la carne de su hermano. La informe oscuridad pareció fijar su atención sobre él. "No tienes nada que nosotros queramos, engendro, tu hambre esta satisfecha" las sombras parecieron dudar un momento, Kun oía murmullos lejanos en su cabeza. "...pero hay sensaciones en ti..." Kun noto como una resolución empezaba a formarse en su cabeza, cruzo mas allá del terror y se aferró a algo en la oscuridad de sus pensamientos. "...suculentas...", vio a su hermano morir bajo las armas del extranjero cuando éste le suplicaba por su vida y luego como era mutilado. "...no es hambre sino sed..." se había aferrado al odio ahora y era más fuerte que el terror "...sed de venganza".

"Podemos ayudarte..." el tono había cambiado ahora, más suave, ladino y tentador. Las criaturas se habían detenido en su profana labor y le miraban con curiosidad antinatural. La sombra extendió una garra de oscuridad hacia él y la abrió mostrando un ojo blancuzco, palpitante, latiendo con plenitud de muerte y terror. "...por un precio".

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